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domingo, 16 de octubre de 2011

HUELLAS HUMANAS



 

Suelo indignarme cuando en esta versátil ciudad de Buenos Aires alguien escribe en gruesas letras con tintas indelebles sobre una pared recién pintada. Me duele, lo confieso y me hago mil preguntas: ¿Esa persona no piensa que el dueño o la dueña de la casa gastó dinero para mejorar la apariencia de su vivienda? ¡Cuánta necesidad de expresarse tiene la gente que no se detiene ante nada! ¿Sentirá culpa por dañar así al aspecto de una casa? Y reflexiones por el estilo. En la plaza de mi barrio, Villa Urquiza, recién mejorada, con plantas y bancos nuevos, con rejas muy criticadas por cierto, al monumento central lo llenaron de inscripciones. Intento leer lo que dicen y me sugierenexpresan muy pocas ideas. Pero al parecer la gente necesita decir en forma perdurable lo que necesita decir. Enseguida viene a mi cabeza la canción maravillosa de Joan Manuel Serrat “Por las paredes”. Se ve que a este Serrat de aquel iniciado post franquismo no le molestaba demasiado la falta de urbanidad; fuera de bromas sigo pensando en qué le ocurre al que queriéndose expresar afea todo lo que tenemos a la vista. La verdad es que las frases ya no son muy trascendentes que digamos. Hace poco pasé por el paredón de una iglesia que tenía un cartel en el que podía leerse lo siguiente:

               Respetamos su gusto por grupos musicales,
               Su pasión por un club de fútbol
               Sus preferencias, gustos e ideas de todo calibre
               Pero por favor no las escriba sobre esta pared.


Es curioso, amo la expresividad de la gente, pero mi educación prusiana y mi sentido de la estética, más mi defensa del espacio ajeno me ponen los pelos de punta al ver ganchos y círculos y dibujos grotescos que al menos a mí no me sugieren nada. Claro que suelen aparecer paredes maravillosas con verdaderas obras plásticas, allí no hay palabras sino un trabajo estético impresionante, y curiosamente estos trabajos artísticos que me he dedicado a fotografiar no son realizados en viviendas ocupadas ni en paredes relucientes sino en muros o paredones viejos, de modo que le dan un sello personal a la ciudad y la embellecen. Hablo de esas inscripciones hechas rápidamente que al final producen el efecto de una agresión.


Hace unos días me ocurrió algo gracioso. Resulta que Edenor, la compañía privada de electricidad, tuvo que romper mi vereda, primero encontré sobre mi destartalada vereda que el gobierno de la ciudad debe embaldosas de nuevo, unas inscripciones rojas de lo más misteriosas y pensé en la gente que anda haciendo sus estropicios sobre las paredes y me dije: “Qué suerte que dibujó sobre mi vereda rasposa y no sobre mi pared pintada”. Ese día estuve sin energía eléctrica desde la mañana. Así que cuando empezaron los golpes pude asociar las letras rojas con el arreglo y suspiré para mis adentros. Bueno, los obreros dejaron el barrial acostumbrado y tuve que hacer varios llamados telefónicos para que vinieran a poner su pulcra capita de cemento hasta que el gobierno municipal restaurara mi ya consabida maltrecha vereda. Sabemos que el cemento tarda en secar. Pues bien, yo iba a espiar ese secado a cada rato, no tenía más que asomarme por la puerta de entrada para hacerlo. ¿Pero qué veo? Alguien había escrito sobre el cemento fresco unas palabras que no quiero recordar al lado de un corazoncito. ¡Para qué! Salí con una palita a ver si podía alisar otra vez el cemento y borrar las inscripciones. Lo logré malamente. Luego al asomarme otra vez descubrí que había marcas de zapatillas a pesar de que los obreros habían puesto soportes con cintas indicando que eso debía secarse. Salí a la calle y le hablé al aire:
-¿Cómo es que no ven esto? ¿No notan que se está secando? ¿Por qué pisan?
Pasaban señoras con perritos y algunos hombres que no me contestaron. O no se dieron por aludidos o mi tono de voz era demasiado increpante. También alcancé a estirar un poco el cemento. Unas horas más tarde veo marcas profundas de otros pies, de otros tamaños en ambas direcciones-. Hice el mismo procedimiento. Pero luego encontré nuevamente palabras escritas con un nombre firmándolas. Ah, si yo hubiera agarrado infraganti a ese tal Lucas. La cuestión era que se trataba del cuento de nunca acabar. Me fui a dormir aquella noche pensando en lo ridículo de mi actitud y en que tampoco era tan importante, creo que mi dolor por tanta inscripción ciudadana se corporizó en lo que ocurría frente a mi puerta en mi estropeada vereda.
Sin embargo me quedé pensando en la necesidad de la gente de expresar y recordé la fuerte propensión que hay entre los jóvenes de tatuarse el cuerpo. Esto es muy significativo, si la casa es una segunda piel, la piel del cuerpo ¿qué es? Es lo visible a los ojos de los otros. Algo está necesitando la gente decir y quiere ser escuchada. En esas marcas que las personas inscriben en su cuerpo está la alarma frente a una sociedad que todo lo masifica, al tatuarse intentar dejar una señal, intenta decirnos que son personas con ideas y sentimientos y no máquinas para un sistema que pretende igualarlo todo. Significativamente hay una tendencia mundial a quitarle a las marcas de los productos su signo de status social, de supremacía. Si reflexionamos un poco notaremos que en este sistema las marcas son la cara visible del modelo capitalista organiza alrededor del poder monetario y sustentado por la compra venta de artículos de consumo. Con la tan mentada crisis actual hay una búsqueda de las llamadas marcas blancas, menos costosas e igualmente eficientes. Sabemos que un producto se encarece por su costo en publicidad, publicidad que a fuerza de ser repetida frente a nuestros ojos y oídos nos quiere decir que ese artículo por conocido es bueno. Resulta gracioso, al comprarlo pagamos la publicidad que fue un proceso de programación mental que nos hicieron. Me he enterado que al menos aquí en la Argentina muchos productos son los mismos, sólo tienen envoltorios y marquillas diferentes. Lógico, al ver la marquilla que la TV y la radio y los carteles nos dijeron que eran buenas, pagamos gustosos, pero nunca sabemos bien lo que compramos. Estamos comprando una idea, una ilusión. Estamos comprando una identidad social. Pensando en todo esto me dije que esos tatuajes en los cuerpos de los jóvenes intentan comunicarnos que no quieren masificarse, que son individuos originales, y algo de eso hay detrás de los garabatos que a mi juicio afean las paredes. Tal vez estamos demasiado cansados de esta proliferación de signos en las ciudades, sufrimos la llamada contaminación visual, pero algo importante se dice detrás de lo que se dice y su significado merece ser visto y oído.
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Este artículo se publicó originalmente el sábado 4 de abril de 2009 http://caminanteazul.blogspot.com/
                                                                                           

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