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viernes, 14 de marzo de 2025

LA IMPORTANCIA PERSONAL

 


En la película “Creer es crear”, Santiago Pando comienza diciendo que cuando él se encontraba embarcado en la pelea mundana y el éxito estaba demasiado ocupado en creerse importante como para poder sentirse feliz. Hace unos días en un programa televisivo una señora española comenta algo así: Los funcionarios son servidores públicos, lamentablemente buscan ser importantes en vez de ser necesarios.
En el comentario de Santiago Pando podemos afirmar que felicidad se opone a importancia personal. No es muy difícil de entender: si mi meta es perseguir una imagen inflada de mí misma, estoy huyendo del presente, hasta podría afirmarse que dejo de ocupar mi cuerpo porque en este vértigo por perseguir una imagen, una deber ser establecido desde afuera, pierdo mi dimensión personal y mis necesidades. Es bastante parecido a estar drogado, aquí la droga no es una sustancia dura como el alcohol o la cocaína o una sustancia blanda como el tabaco o la comida sino que el objeto adictivo es un ego inflado. Los síntomas de un ego inflado no son tan diferentes a los de un adicto de otra clase: no percibe los matices, no registra a las otras personas y sus requerimientos humanos, vive atropelladamente, confunde las prioridades, tiene un mecanismo mental obsesivo es decir dual. Quizá la adicción al ego sea más perjudicial porque está aceptada socialmente y es mentira que no tiene efectos secundarios en la salud. ¿Acaso la cantidad de ataques al corazón de los gerentes de las grandes empresas no son el resultado de la exigencia de llegar cada vez más arriba en un estado de competencia extrema?
La búsqueda de importancia personal aparece como un paliativo ante la ausencia de amor. Cuando hay amor no hay adicción. Una de las definiciones de adicción es “estar pegado a” y otra es no poder verbalizar aquello que me ocurre interiormente, es decir no llegar a simbolizar un estado de ánimo, un nivel de conciencia, debido a que estoy apegado y no tengo la distancia suficiente para ver el panorama general. Todos, en mayor o menor medida en algún aspecto de nuestra vida, estamos embriagados de ego porque aún falta amor, esa energía equilibrante, reparadora y nutritiva.
Capítulo aparte merece el comentario de la mujer española. Es un tema muy amplio y profundo este de los servidores públicos y su “carrera” política. Hemos vivido tanto en la separación y en la dualidad que creamos esta división entre nosotros y quienes nos representan para decidir sobre nuestros bienes y legislaciones. Cuando nuestro nivel de conciencia ascienda un poco más no sólo tendremos mejores gobernantes que expresarán lo que somos en verdad sino que no será necesario recurrir al sistema de la representación. Si ellos están embriagados de ego es porque nosotros también lo estamos en algún nivel, quizá en otra proporción. Y ellos están allí para señalarnos algo que necesitamos revisar en nuestro interior. El afuera, una vez más, es nuestro interior expandido.
Las manifestaciones de esta importancia personal son muy amplias, abarcan desde un abuso de poder, la vanidad extrema y la apariencia hasta otras menos evidentes como hablar de uno mismo y de las propias ideas desmedidamente invadiendo el campo energético de otra persona, no tener en cuenta el estado emocional de un amigo, no escuchar, no ver, sentir o creer que nuestras ideas o nuestras posturas espirituales son más acertadas que las de otros, aunque estas son más leves muestran una tendencia que nos ubica en el lado opuesto de la compasión o, en otras palabras, la misericordia que es el camino para encontrarme con el otro ser humano. Son dos líneas opuestas, hay que abandonar una para poder encaminarse hacia la otra y la autobservación es la llave para alcanzar un grado mayor de conciencia. Y para eso necesitamos desembriagarnos de ese añejo sentido de importancia personal.

Artículo publicado original el lunes 13 de julio de 2009 en http://caminanteazul.blogspot.com/

                                                                       

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martes, 17 de marzo de 2020

GENTE SOLA



             
En un reportaje al cantautor argentino Facundo Cabral realizado por la revista Hecho, Cabral dice que desconfía de la aglomeración de gente,  opina  que la gente se junta por miedo a estar sola. Yo pienso  algo parecido, en un gran porcentaje es así: somos muy poco conscientes de casi todo lo que hacemos por nuestro  bajo nivel evolutivo, al parecer la mayor parte de nuestro conocimiento es inconsciente y nos manejamos con patrones mentales. Sólo vemos aquello que conocemos con antelación, no podemos percibir el cambio del mundo. De modo entonces que al ver a la otra persona ¿qué vemos? Vemos una proyección de lo que nosotros somos. En realidad no estamos con otros ni vemos a los otros sino que vemos en el otro nuestra propia sombra, esa zona negada de nuestra  interioridad. Esto que digo además de ser inquietante, desacomodador  o incómodo es difícil de captar, me sucede que intuyo lo que estoy diciendo, pero una parte de esto queda ajena a mi saber. Nos encontramos en un momento de bisagra en nuestro camino de evolución. Sabemos que hay formas viejas en lo social, en  nuestro interior, en nuestro modo de percibir el mundo, pero ese saber es apenas una intuición que nos permite reconocer el error sin que aún encontremos un modelo nuevo de comportamiento, de percepción del mundo o de autopercepción, es decir sobre nuestra propia idea de ser humano. Por eso aglutinarnos y confundirnos con otras personas puede ser un modo de continuar esta cadena de proyecciones, es decir de imposición de lo conocido, de lo ya aprehendido a lo que por naturaleza es nuevo. Así, al convertirnos en masa, fortalecemos viejos esquemas mentales.  La otra persona no es ni buena ni mala, es en tanto establece una relación con lo que yo soy, de esta manera el otro resulta de una combinación y es lo relacional lo que permite la aparición de una cualidad. Yo no soy la misma persona con un pariente por ejemplo que desde niña me ha cargado sin querer de una serie de adjetivos negativos o cuestionadores que con una amiga que me acepta o me valora. El campo mental que la otra persona trae se combina con mi propio campo mental y se crea un nuevo campo. Los maestros espirituales suelen insistir en la importancia de escoger las relaciones humanas, hay una frase de Buda que  sugiere  que si tu propia madre te impide avanzar en el camino espiritual debes alejarte de ella. Y esto no significa matar simbólicamente a nadie sino resguardar nuestro  campo mental de influencias densas. Esto nos lleva a replanterarnos la cuestión del egoísmo. La solidaridad que me exige ayudar al débil necesita de mi fortaleza y si la   derrocho  en pos de una conveniencia social estoy faltando a la solidaridad humana básica. No existe mayor servicio para el planeta que una conciencia dispuesta a evolucionar. ¿Quién soy yo cuando estoy con Fulano? ¿Quién soy yo cuando estoy con Mengano? ¿Quién soy realmente cuando formo parte de este grupo humano? ¿Necesito de la presencia física del otro para sentirme menos solo o sola? ¿La presencia física de la otra persona me permite calificar como negativo, colocar rasgos  desfavorables allí afuera, porque no soy capaz de reconocerlos en mí misma? Los grupos humanos aún hoy siguen funcionando como salas de espejos donde   unos se reconocen en los rostros que los  miran, aunque también donde niegan su propia sombra proyectándolas en los demás.                     No deja de llamarme la atención las prevenciones que tiene la sociedad hacia la gente que vive sola o anda sola por ahí. Y si es mujer mucho más.  En las películas norteamericanas típicas desde  “Atracción fatal” hasta la serie de detectives con asesinos seriales, la persona que vive sola aparece  por lo general cargada de rasgos paranoicos, fóbicos y destructivos.  En contraposición la  visión antigua de la persona que vive sola es la del sabio, la del ermitaño, la de aquellos seres que marcan una brecha nueva para que otros puedan transitarla.  Resulta inevitable volver a la imagen de San Francisco de Asís que al alejarse físicamente de su ciudad, se aleja de las convenciones y pactos sociales de una burguesía naciente, se aleja de la herencia paterna, de la ley patriarcal, del deber ser  y de la misma iglesia para renovarla luego y volver a ella. Es el ejemplo más nítido de lo que estoy tratando de expresar. En la figura de San Francisco podemos descubrir que no existe renovación genuina si en algún momento no nos alejamos del aglutinamiento humano masificador.  
  Cabe preguntarse por qué la sociedad moderna occidental ha convertido a las personas solitarias en amenazas. ¿Qué es lo que se está amenazando? Quizá un modo de conocimiento, de búsqueda de una verdad que la masa anestesia y ya sabemos que la sociedad moderna está regida por las leyes de avance material y el lucro y las personas pensantes  atentan contra los intereses comerciales de las grandes empresas. Si nos atenemos a los mensajes publicitarios podemos descifrar los patrones de comportamiento que la sociedad tiene y promulga, y es indudable que el descubrimiento de verdades interiores no coincide con sus intereses y sus metas. Encontrar el eje que organiza todo nuestro funcionamiento interior puede hacerse sumamente difícil y hasta imposible en medio del bullicio y el amontonamiento humano. Por otra parte qué le podemos dar al otro si no sabemos quiénes somos. Tal vez sea este el momento en el que cada uno debe encontrarse primero consigo mismo para luego encontrarse con los demás, ese es el orden y no al revés, primero la conexión interna y luego la interconexión.  Ciertamente la relación con otras personas es una vía de acceso al personal universo interior en tanto y en cuanto no tapone  la vinculación interna anestesiándome en el juego de proyecciones sociales.
   Las brujas de la Edad Media quemadas en la hoguera no escapan a este perfil de aislamiento y rechazo a la figura humana solitaria. Es verdad que las grandes empresas en la historia la hicieron los grupos humanos, pero fue necesario que un líder se conectara consigo mismo y con una serie de valores para que el grupo humano cumpliera con su misión. Gandhi o la Madre Teresa son primero fruto de su autoindagación o de su autoconexión con los valores religiosos y luego  gracias a ello manifestaron su tarea en el mundo. Gandhi estaba solo con su conciencia en los ayunos y la Madre Teresa estaba sola, sola en el Cristo interior, cuando se reclinó hacia la tierra a levantar al primer leproso en las calles de Calcuta. Para poder estar genuinamente con los otros necesitamos estar primero solos con nuestra interioridad. Claro que cuando logramos ese acceso a nuestra profunda interioridad  descubrimos que la soledad no existe,  sabemos entonces que la única  soledad es la de cuerpos físicos  distantes de otros cuerpos humanos, sólo eso.




Creo en la importancia de la asociación de las personas en todos sus niveles, sin eso ningún logro humano es posible, pero me estoy refiriendo a otra cosa, a un patrón mental que opera subconscientemente y que es arcaico, el mismo patrón mental que impulsó a condenar a las brujas por herejía, a señalar al diferente, a que un grupo humano actúe coporativamente para señalar a aquel que no integra su fracción.  Es un patrón arcaico y que heredamos de un nivel evolutivo lejano que fue el de la organización tribal y que aún no hemos superado.  En el momento en que funcionó la organización tribal este patrón fue operativo, pero ya no lo es y queda sólo el registro que actúa en nosotros mecánicamente. Todavía muchos grupos humanos siguen funcionando como tribus o clanes que se autodefinen en oposición a otros clanes o tribus. Pensaba justamente en la importancia de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en la Argentina que ante la falta de respuesta gubernamental por sus hijos y nietos desaparecidos en los años setenta forjaron un movimiento social, pensaba  el resultado de su acción de agruparse, pero ellas más que nadie conocieron la soledad que las indujo primero al autoconocimiento. Entonces me topo con un párrafo de un libro de Bert Hellinger y encuentro esta frase esclarecedora: “La diferenciación entre lo bueno y lo malo sólo existe en la conciencia personal. Sólo allí. La diferenciación entre lo bueno y lo malo no significa otra cosa que: es bueno aquel que puede pertenecer y es malo aquel que no puede pertenecer. Las grandes religiones también aplican esta manera de discernir que tiene la conciencia: los buenos se arrogan el derecho de excluir a los malos y condenarlos.” Hellinger no habla de la Verdad con mayúsculas que es un valor trascendente y no cambia, habla de nuestra percepción, de nuestras verdades cotidianas. Hellinger ha montado todo un sistema que resulta terapéutico en la importancia de pertenecer, de no aislar a ningún miembro de la sociedad, en la aceptación de la totalidad.

   Yo que he viajado sola he observado las reacciones instintivas y defensivas de la gente, he visto a los grupos solidificarse sin que hubiera valores o transformación en esa clase de relación, he visto las alianzas de una fracción contra otra dentro de un mismo grupo y he descubierto ese miedo atávico de la gente que la impulsa a moverse en manada. El reportaje de Facundo Cabral me llegó gracias a la revista Hecho, como ya dije. La revista Hecho es una revista  publicada en la ciudad de Buenos Aires de corte popular vendida únicamente por personas que son homless,  personas que no tienen techo y la revista es una organización que le permite a estar personas alimentarse o autosustentarse. De modo que me llegó de la mano de una persona que en cierto sentido estaba profundamente sola. Es común verlos o verlas en las esquinas de Buenos Aires con una mano extendida mostrando la revista que es liviana, que no tiene tapas duras ni laminadas pero con un nivel estético y cultural enorme. Estos excluidos de la metrópolis  han entrado al mundo a través de una revista que los aglutina y le otorga una forma de pertenencia y subsistencia, pero antes para llegar aquí debieron conocer la soledad de la exclusión, soledad que perdura a pesar de la revista Hecho. Y eso los convierte ante mis ojos en pequeños sabios que se mezclan entre nosotros en esta inmensa ciudad, una ciudad difícil de comprender y de catalogar, nuestra  querida Buenos Aires.
                                    
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martes, 9 de julio de 2019

VENDER IMAGEN


   
       


Sabemos que en esta sociedad mercantilizada todo se trata de vender y comprar, es el leit motiv del mercado que rige modos y comportamientos o al menos intenta hacerlo en la medida que nos dejemos absorber completamente por esa tendencia. Desde hace décadas han sido los jóvenes de algunos países centrales en Occidente quienes, con ideas innovadoras, se plantaron frente al modelo mercantilista y propusieron otras formas de vida basada en valores en vez de considerar a las personas como mercancías y al optar por ellas se propusieron  como ejemplos de vida. Así surge el hipismo de los sesenta que de algún modo recicla el modus vivendi y  las cosmovisiones orientales, movimiento para el cual el no consumismo es una pancarta fundamental. Obviamente países altamente industrializados como Estados Unidos o Gran Bretaña en la carrera loca que el capitalismo ha emprendido en generar cada vez más objetos de consumo para lo que necesitaba con el fin de continuar funcionando mayor cantidad de consumidores, vale decir clientes, personas que enamoradas del sistema creyeran en él, estuvieran convencidas de que tener estatus supone valía personal y que el estatus depende exclusivamente de la capacidad monetaria. Las personas embarcadas en esa carrera se desvivían por ganar más y más dinero y en este desvivirse perdían salud, tiempo de comprensión y profundización de su existencia y la posibilidad de compartir tiempo con sus seres queridos viviendo una suerte de existencia enajenada en pos de algo tan efímero como esa gloria de parecer rico a toda costa. A partir de estos cuestionamientos surgen movimientos posteriores al hipismo que proponían vivir un poco al margen, sin comprar tantos artículos suntuarios innecesarios, los nuevos grupos no se disponían a salirse  del grupo  productivo de la sociedad  como los hippies sino que permanecían en sus trabajos pero haciendo caso omiso del modelo mercantilista, sin dejarse invadir por la publicidad, comprando lo necesario, trabajando menos horas para así dedicarlas al autoconocimiento y enriquecer los vínculos familiares y el mundo de los afectos. Somos muchas las personas que hemos comprendido que nuestra identidad y nuestro valor personal no está en una imagen de persona exitosa que le ofrecemos al mundo, comprendimos que el consumo excesivo nos lleva al deterioro del planeta y a la pérdida de las fuentes de energía no renovable de las que lamentablemente aún dependemos como el carbón y el petróleo, sin embargo da la impresión de que el sistema con su pérdida de valores humanos, con su concepto de cosificación de la persona ha encontrado un nuevo modo de penetración. Hoy por hoy en Occidente el común de la gente no es la opulencia económica la que intenta ostentar sino una imagen de sí misma que se brinda hacia el afuera y no importa el contenido, importa la imagen en sí en tanto se repita y se multiplique. Precisamente la reproducción de mercancías es la clave del capitalismo. Lo que se reproduce ahora indiscriminadamente es la imagen corporal. Basta con echar una mirada a las redes sociales para comprender que las personas se dan existencia a sí mismas a través de la exposición continua de su figura. Incluso en sectores con mayor grado de conciencia como el de los artistas, la necesidad de darse existencia replicando hacia el exterior la propia imagen es abrumadora. La idea de éxito social parece haber descendido a ese umbral. Es cierto que todo sistema al ser nuevo para ser incorporado por nuestra conciencia necesita del uso y del abuso al principio, me refiero a las redes sociales y al impacto de la aparición de Internet, pero aquí estamos frente a otro hecho, daría la impresión que ante la despersonificación propia de las grandes ciudades las personas necesitan individualizarse, hacerse visibles pero en esto hay una trampa, ha llegado un punto que esa necesidad de mostrarse se está convirtiendo en una forma de creación de identidad ficticia. Un poco como esas personas que viven excesivamente una vida social, apareciendo en todos lados, siendo simpáticos todo el tiempo, vendiendo su propia imagen tal vez por un deseo exacerbado de ser aceptados,  sin considerar que nadie puede caerle bien a todo el mundo porque en ese caso no existiría diversidad y si no existiera diversidad no existiría vida tal como la conocemos, la vida necesita de la complementariedad, de los cambios, de los oposiciones para que se sostenga el movimiento de las energías. Podríamos pensar que nuestro sistema apoyado en la compra y venta de mercancías ha desplazado su funcionamiento al eje de la persona en su figura humana. La gente vende su imagen para obtener la migaja transitoria de una aceptación, del mismo modo que la publicidad nos machaca una y otra vez con la misma imagen y relato del producto que nos quiere vender, nosotros lo hacemos con nuestra figura sin reparar que ese ejercicio va operando sutilmente en nuestra conciencia. Daría la impresión de que cuanto más se replica la imagen de una persona, más relevancia en el tejido social adquiere ante los ojos de los demás. Un modo de ser socialmente aceptado es recurrir a la repetición,  el mecanismo básico de la publicidad que promueve la venta de artículos, base del sistema mercantilista. Y la repetición, como tal, es masificación. Lo que la gente vende al replicar su imagen es la idea de éxito social. En realidad es un método tan barato como falso. Sabemos que lo mundano es pura cáscara, puede desaparecer de un momento al otro, se trata de algo sumamente frágil. Lo que puede sustentar nuestra vida está muy lejos de ese tejido quebradizo. No somos un cuerpo así como no somos  una cuenta bancaria. Esto último parece que lo hemos comprendido pero en este camino de evolución, inmersos en un modelo de funcionamiento es recomendable que reparemos en las estratagemas de nuestro ego que siempre intentará hacernos creer que somos lo que en realidad no somos.



          
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domingo, 30 de junio de 2019

LAS CUATRO FALSAS IDENTIFICACIONES

Primera Parte:

     Para la legendaria pregunta que los seres humanos nos hacemos desde el principio de los tiempos: ¿Quiénes somos y adónde vamos? hay muchas respuestas. Las respuestas, desde ya, han ido cambiando según las corrientes filosóficas imperantes encarnadas por las culturas en distintas partes del planeta. Pero ante todo debemos definir qué es una identificación. Es, a mi criterio, el apego a una idea.  Podemos profundizar esta definición sin embargo básicamente es eso. Nuestra mente funciona así, calca, copia, y una vez que produce ese mecanismo lo archiva. Tal vez nos resulte más fácil ahora que aprendimos a manejar computadoras, las computadoras a su vez nos han copiado a nosotros los humanos. Jorge Luis Borges decía que todo lo que existe en el mundo es una extensión del cuerpo humano y sus capacidades, un puñal es la extensión de la mano, por ejemplo. Y la PC bien puede ser considerada la extensión de nuestra mente.

   Las personas necesitamos simbolizar para sobrevivir psíquicamente, así creamos una idea de padre, de madre y de nosotros mismos forjada a través de las experiencias. Pero esas ideas no son estigmas, de hecho pueden ser cambiadas por otras ideas y así ocurre, es inevitable.  Por otra parte no son las experiencias en sí mismas las que crean estas huellas o registros sino la interpretación que hacemos de ellas, y ahí también interviene nuestra mente. Claro que el cambio se produce en un tiempo que relacionado con la vida humana es muy extenso. La fuerza del cambio o de la evolución es una  cualidad  de  la energía y por lo tanto tiene la pujanza constante de lo que no se doblega, pero la tendencia al arraigo también lo es. Una vez que una persona crea su propia imagen de sí, se aferra a ella y si no adquiere una actitud consciente, posiblemente muera con  esa representación mental de lo que cree que es, debido a que opera un principio de inercia. Todo es energía, la mente también lo es.      Volviendo al planteo inicial de las transformaciones según las épocas, podemos decir que para una sociedad muy estratificada socialmente  como la nuestra el "quién soy" individual suele estar registrado y enmarcado por esa desigualdad y la respuesta es: soy el que está por encima del otro socialmente o soy el que está en la línea  tal o cual de la sociedad. La manera de pensarse es en oposición al otro. De allí que la competencia tenga tanto arraigo en este proceso de delinear la propia identidad, la persona se está midiendo constantemente con un afuera, una pauta externa que no le permite encontrar en su interior su propia dimensión.

                     



  Uno de los ejemplos más escolares para explicar el cambio de conciencia es el pasaje de la Edad Media al renacimiento europeo, el cambio fue importante y la cosmovisión humana  se transformó, dio un salto. La identidad del ser humano de la Edad Media se forjaba comunitariamente con relación a una figura paternal que era la de Dios, el concepto de individualidad surge en el Renacimiento y se expresa en ese afán de notoriedad pública que observamos en los llamados genios de la pintura, en artistas y en científicos.  Esto se corresponde con un avance de la clase social llamada "burguesía" agrupada en las ciudades, nace el llamado mundo moderno vinculado al desarrollo de la escritura que, con la invención de la imprenta, se populariza. La escritura ha fortalecido el desarrollo del hemisferio izquierdo del cerebro, que como sabemos tiene la función de separar, clasificar y analizar. El cambio que estamos viviendo en este momento es semejante aunque en un grado mayor y la revolución  ya no es mecánica sino cibernética.   Muchos cuestionan que tanta gente se pase horas frente a las pantallas de TV o PC, pero es un proceso de compensación, porque la imagen desarrolla el hemisferio derecho del cerebro que tiene la función de integrar, simbolizar y relacionar y así se contrapesan siglos de decodificación de escritura.
   Entonces tomando el ejemplo de aquel salto del siglo XVI que a la pregunta clásica de quiénes somos, respondió: somos los hacedores de un mundo moderno y ya no nos definimos por ser los hijos de un Dios todopoderoso, hoy podemos respondernos de una manera un tanto más confusa. Más allá de las convicciones religiosas de cada persona o de la filosofía imperante, en Occidente la respuesta se tambalea y se viene tambaleando desde hace unas cuantas décadas.  Sin irnos demasiado lejos podemos observar el modo en que nuestros próceres nacionales construían esa identidad a la que podemos llamar filosófica. Eran los forjadores de la nación y a esa causa entregaban su vida,  debido a que en el proceso de forjar la identidad individual, la consolidación de la nación y su pertenencia a ella constituían el marco de esa identidad. Eran en tanto y en cuanto se sentían formando parte de una comunidad nacional. Hoy podemos sonreír cuando escuchamos que tal o cual prócer nacional dijo antes de morir  determinada frase,   puede parecérsenos exagerado que alguien piense en la patria o en ganar una batalla en el momento de morir, pero sea o no cierta la frase  dicha, expresa una cosmovisión. En ese sentido nuestros antepasados no tenían conflictos. La nación era su identidad. El siglo XX extendió fronteras y la nación dio paso a la ideología y la pertenencia a un país no otorgaba tanta identidad como la filiación a una doctrina de carácter político. El siglo XX fue el siglo de las ideologías, del mismo modo que dos siglos antes los vástagos de un reinado se sentían plenos por seguir los mandatos de su rey. Podemos trazar una línea que va desde el clan o la tribu, los imperios, los reinos, las naciones hasta las ideologías. Hoy, aunque nos sentimos parte de una nación, nuestra identidad no está puesta en ese marco. Porque la identidad nos da la sensación de plenitud y en la evolución de nuestra conciencia esa etapa ya fue incorporada, es decir que ya lo aprendimos, ahora necesitamos aprender otra cosa. Si la identidad es ese espejo que nos muestra quiénes somos. ¿Quiénes somos hoy para nosotros mismos? ¿Cuál es la imagen que reflejada nos permite reconocernos y sentirnos completos, íntegros y parte de una unidad mayor?       Yo, por ejemplo, me siento argentina y ciudadana de Buenos Aires, pero también me siento latinoamericana y también me siento ciudadana del mundo.  Y hace muy poco que el planeta no me alcanza porque sé que más allá hay seres y concepciones que también me definen. No me alcanza esta configuración geográfica para trazar una imagen de mí misma frente a mí misma.
    El año pasado  escuché en un seminario dado por Mónica Sokolosky que es una empresaria argentina que trabaja comprometidamente además para desarrollar la conciencia  realizando talleres y seminarios,  ella dijo al pasar que existen cuatro identificaciones que son falsas pero que en algún momento y en mayor o menor medida están funcionando en la actualidad. Cito, aunque no por orden de importancia ya que no existe tal orden.

    
                                                 

                               Ilustración: Escher


La identificación con el pasado: Esta es una de las más encarnizadamente apegadas en nuestra cultura. Es obvio que somos el resultado de una serie de tendencias, en eso se basa la psicología en todas sus ramas, la antropología también hace su aporte y ahora la neurociencia y la biología han entrado a tallar para ofrecer sus  descubrimientos con  mucho más peso en esta profundización de los condicionamientos humanos. Las tendencias existen, sin duda, pero hasta dónde le otorgo todo el poder a esas tendencias. La vida se sostiene igual que  la estructura de una obra de arte, es decir en el contraste y la polaridad. Si la fuerza no tiene otra fuerza equivalente que se le oponga no existe la vida. Creer que porque tuve una infancia desdichada mi vida será desdichada es una idea forjada por una corriente cultural, no es una verdad. Si yo creo que las  tendencias del pasado tienen más  poder que mi propia capacidad de evolucionar y que mi voluntad y mis deseos de vivir, le estoy entregando el poder de mi creencia (que es  sólo una creación de mi mente) y a  partir de una creencia se estructura toda la cosmovisión de una persona, se abre un marco y en ese marco se organiza el saber. Y si lo pensamos bien es un contrasentido. La vida se define de  instante a instante. La vida se reformula en cada acto de  nuestra respiración. Para los que como yo creemos en la trascendencia, es decir en que este núcleo de conciencia que nos conforma como humanos y que no se desintegra cuando el cuerpo ha agotado su experiencia en la tierra sino que continúa como una energía aglutinada y sigue su viaje a otro plano de existencia, sea reencarnando o pasando a otras dimensiones para reencarnar o no más adelante, las creencias son más frágiles que para los que suponen que todo se juega en este plano tridimensional del mundo de la materia. Ese núcleo de conciencia llamado "alma" por los católicos, "atma" por los hindúes tiene una unidad en sí y una memoria de sí, de modo que no se dispersa por el simple hecho de desprenderse de la materia densa, ese conjunto de materia sutil que podemos llamar  alma o como se nos antoje, responde a las leyes de la física que entre otras tantas aseveraciones sostiene que “en la naturaleza nada se pierde, todo se transforma”, es un antiguo axioma que aprendimos en el colegio.  Desidentificarnos con el pasado no es tan difícil si tomamos conciencia de que es una línea de pensamiento que construimos.  De un modo correlativo se trata de no identificarnos con nuestra mente. Es preciso hacer una tarea de descondicionamiento y los caminos son muchos, las técnicas proliferan, la neurociencia nos demuestra que cada experiencia produce una huella cerebral pero también podemos modificar el funcionamiento produciendo hormonas que van cambiando la configuración de nuestro cerebro. Es cierto que hay condicionamientos determinantes en casos de violadores seriales, en los registros de la adíción a drogas, pero aún en este último caso es posible estacionarse y frenar así el automatismo como lo atestigua el éxito de los grupos de Alcohólicos  Anónimos y químico dependientes. Personalmente confieso que despegarme del pasado no es lo que más me ha costado o quizá estuve cuarenta años intentándolo y a la larga creo haberme despegado,  pero la trampa al menos en mi caso fue apegarme a la siguiente identificación que es: La identificación con el futuro.


                                               
  
      Cuando nos identificamos con una imagen forjada por nosotros mismos, tendemos a creer que allí está nuestra identidad y con el correr del tiempo esa identidad se va fortaleciendo, pero está apoyada en una falsedad. Una de las identificaciones  que tendemos a realizar y con la que justificamos la mayor parte de nuestra vida suele ser la identificación hacia el pasado, desarrollada  mínimamente en el artículo de abajo, la otra es:

La identificación con el futuro:
Esta identificación puede darse en distintos niveles. En mi caso descubrí que se producía en una falta de conexión con la vida misma colocando todas mis aspiraciones en un lugar que no había llegado y que nunca llegaría, porque el futuro es eso, una utopía. Por un lado ser sagitariana colaboraba bastante para que lanzara mi flecha entusiasta hacia ese lugar vacío y mi vida se convirtiera en una serie de puntos suspensivos a la espera de ese nunca jamás.
    Sin embargo las circunstancias históricas, como era de esperarse, influyeron también. Formé parte de la llamada generación psico -bolche en la Argentina, una mezcla de hippismo y tendencia socialista inspirada en la revolución cubana. Lo de “psico” viene porque el psicoanálisis prendió muchísimo en estos lugares del sur, especialmente en las grandes ciudades y más específicamente en la ciudad de Buenos Aires. Lo de “bolche” por la influencia del socialismo. Simpatizando más o menos con esto, nadie escapa al influjo de su época. Éramos los hijos del los hippies que pretendían darlo vuelta todo. Esta cosmovisión ponía el acento en la transformación social, sea esta política o de costumbres,  lo que promovió la predisposición a endiosar ese “después” que vendría luego del cuestionado hoy. En cierto sentido nos parecíamos a los personajes de Anton Chejov que siempre tienen nostalgias del tiempo que vendrá.
    Desde un punto de vista espiritual, la identificación con el futuro es menos fácil de detectar que la identificación con el pasado, incluso el arte se ha ocupado de crear esos personajes vetustos encerrados en una casa o aferrados a lo antiguo como paradigmas del apego al pasado,  pero la identificación con el futuro goza de bastante buena salud en la moderna sociedad tecnocrática. En realidad la teoría positivista lógica que tuvo tanta gravitación desde fines del siglo XIX se apoyaba en esa suerte de utopía, la idea de que el progreso indefinido de la ciencia nos llevaría a la felicidad humana sin medida. Y nosotros nos formamos culturalmente con estas ideas, de modo que necesitamos revisarlas. Si observamos bien la propaganda que nos bombardea desde los medios de comunicación se sustenta en este concepto filosófico: el jabón es el mejor porque lava mejor, pero pronto va a salir otro que lava más. Y aunque sea el mismo jabón le cambian el paquete, lo adornan y nos hacen creer que es otro más eficaz. Así con los celulares, ahí tenemos un buen ejemplo, no basta con que los celulares que son maravillosos y útiles sirvan para hablar, sirven para enviar mensajes de texto, para usar como calculadoras, para entretenernos con juegos,  para sacar fotos y pronto nos van a servir para rascar la espalda.  Cuando nos ofrecen un producto nos están vendiendo una ilusión. Trabajé algunos años en el rubro de turismo y solíamos decir que no le vendíamos a la gente pasajes o excursiones, sino ilusiones de un momento feliz en el futuro. El sistema de compra venta de mercancía que nos induce al consumismo se apoya en la visión filosófica del positivismo lógico. Está todo muy bien, el problema es lo que subyace en la base de esa carrera loca: y es la desconexión con el presente. Porque la identificación con el futuro se apoya en la insatisfacción del presente. Esto va creando un control mental que nos impulsa a colocar nuestra conciencia en un afuera lejano. Todavía el positivismo lógico como modelo de pensamiento rige nuestra vida y en el fondo sentimos o creemos que acumulando más bienes de consumos seremos un poco más felices. O que lo bueno y lo que mejorará mi vida viene de afuera y ese afuera puede estar representado por muchas cosas y en esencia se trata del futuro mismo como un lugar por ahora inaccesible. Aunque hayamos revisado este concepto,  sobrevive y se mezcla con lo que digerimos día a día. Lo que cifra esa espera del futuro puede estar llenado con la  acumulación de  información, o prestigio,  sin darnos cuenta nos desviamos hacia la carrera mental como una boca abierta hacia exterior que nos garantizará placer, satisfacción o lo que mi persona considere satisfactorio.  La idea de acumulación está vinculada con la falsa identificación con el futuro.  Es como esos animalitos que guardan comida para el invierno. La sociedad moderna tiene hambre de futuro y nos crea apetitos constantes.  Este futuro  se nos presenta tan inapresable que pretendemos alcanzarlo y, como no tiene cualidad en sí mismo, intentamos agarrarlo con la cantidad.  La cantidad, la acumulación nos liga al mundo material, la cualidad, en cambio, nos vincula al mundo de las representaciones, a los símbolos, a lo que tiene sustancia y no puede ser descartado.

   La identificación con el futuro es en la actualidad muy poderosa porque  la sostiene la insatisfacción, la prueba está que tienen tanto éxito los adivinos y todas sus variantes, no siempre en un sentido de autoindagación genuina que en eso el tarot y la astrología  psicológica hacen aportes valiosos, sino como tanteo de lo que está por venir fuera del alcance de mis propias decisiones. Si me identifico con el futuro, es decir si creo que mi identidad está forjada por lo que llegaré a ser o llegaré a tener o llegaré a protagonizar, apoyo mi propia vida en un vacío, en la espera, en el “mientras tanto”. Lamentablemente la práctica política muchas veces se  sostiene excesivamente en esto como fue el foquismo de la izquierda militante de los setenta en la Argentina, todo estaba puesto en un futuro absolutamente lejano llamado “revolución” sin que los indicios concretos del presente respaldaran los pasos dados. Y por eso, si las condiciones no estaban dadas,  la propuesta revolucionaria afirmaba que había que crearlas incluso contra los deseos del pueblo mismo. Cuando la  propia existencia se sustenta en el futuro, se pierde la noción del valor de la calidad de vida.
     Si  hay algo que caracteriza nuestra existencia humana es la revolución permanente, pero permanente no en la espera de un acontecimiento prodigioso, eclosionante, situado fuera de nosotros mismos y que nos cambiará de lugar y nos hará felices de la noche a la mañana,  sino permanentemente en forma interna: cambian nuestras células, cambia el ritmo y la velocidad en que los electrones giran alrededor del átomo dentro de nuestra materia. Cambian nuestras ideas sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Cambiamos nosotros y esta es una buena metáfora para sentir que el futuro está en nuestro presente.  Por desgracia muchas ofertas de venta de productos, muchas teorías religiosas y sectarias se consolidan fortaleciendo está falsa identificación que otorgan una identidad pasajera a las personas. Como por  ganar la lotería o esperar al esposo ideal o al romance o a la mudanza a un barrio más distinguido.  Y mientras esto ocurre, la persona se desvincula con su centro colocando sus expectativas en un lugar ajeno a su propio poder de transformación.
   La identificación con el futuro  debe ser muy tentadora para nosotros,  ya que es el argumento más sólido del  lenguaje publicitario y de los discursos políticos y algunas sectas religiosas que terminan ofreciendo sueños dorados para tapar la insatisfacciones personales, por lo tanto es la que más  necesitamos revisar. Se explica  perfectamente que esta identificación con el futuro tenga tanto arraigo: toda la cultura Occidental se  nutre de lo exterior,  de lo que viene de afuera. Debemos recordarnos una vez más que las llaves están siempre adentro de nosotros.  La identificación con el futuro es  igual a las otras tres identificaciones, absolutamente falsa y no tiene nada que ver con lo que somos en verdad, en lo profundo. Y si pensamos un poco en el hambre de fama que se percibe en tanta gente no es otra cosa que una identificación con el futuro, se ponen todas las expectativas en ese “llegar a ser”. 
   Tengamos en cuenta  que la identificación falsa es una idea autoengañosa que nos  hace creer  lo que no somos y así perdemos nuestra verdadera identidad y es el camino más directo hacia la desdicha. Ya que de eso se trata estar aquí en el mundo: llegar a  ser feliz.


                                           Ilustración: Bansky  


    Otra de las falsas identificaciones es la del lugar social. Esta identificación ha sido y es muy importante. Cuando a alguien se le pregunta quién es, responde: Soy médico, soy madre, soy maestro, soy empleada, etc. La cultura ha hecho que la gente se identifique con aquello que realiza en el mundo para  subsistir materialmente o, en suma, ganar dinero y como la sociedad se ha brutalizado en ese sentido, la gente estudia, dedica todo su tiempo a eso, en prepararse para ganar dinero. Y luego como dedicó todo el tiempo de su vida, es decir su vida misma para aprender a ganar dinero, se define por el rol. Existe una clasificación de la gente que nos llegó de Estados Unidos en la que se divide al mundo en dos grandes grupos: ganadores o perdedores. Eso es una barbaridad, ya que una vez que se identifica a la persona con uno de los dos le queda como estigma. Nadie es ganador o perdedor desde el vamos, lo erróneo es que esta calificación se basa en ganar dinero o éxito social. Esta clase de visión produce violencia y es una visión clasista. Si vamos a importar ideas que sean un tanto más ecuánimes ¿no?  Se escucha con frecuencia últimamente “Fulano es un winner”. Es un error enorme definir a las personas por un solo aspecto de sus vidas y encima por un aspecto tan superficial. Un famoso escritor dijo que esos escritores que van con sus manuscritos a las editoriales y no los publican resultan patéticos. Con ese criterio Borges, Faulkner, Kafka y tantos otros,  han sido patéticos, el valor que subyace en este comentario es el mismo que ha creado la idea de perdedores y ganadores. Si tomo al éxito, que es un síntoma cambiante y frágil, como patrón de medida, le pongo el sello de mi propia emocionalidad a cada cosa en tanto responda a mi deseo o no. Es patético para él cuya medida es el éxito y no el valor literario en sí mismo que no depende casi nunca de la cantidad de libros vendidos ni de la fama del escritor. ¿Qué evolución espiritual puede tener una persona que focaliza todo su ser en el rendimiento que otorga una imagen externa, una visión adornada para los demás?  Esa persona queda apresada en la figuración. Vive para el afuera. Esta característica de poner la autovaloración en un criterio ajeno a la persona misma es un rasgo del patriarcado basado en la dominación del más fuerte, en las jerarquías y por lo tanto en el sometimiento. Ese esquema no sirve más. Es obsoleto. El desarrollo espiritual tiene que ver, ya lo he dicho,  ante todo con la felicidad, con la alegría. ¿Y eso cómo se mide desde afuera?
   Hemos visto últimamente cómo la gente se enferma y muere por exceso de trabajo. El exceso de trabajo es un síntoma de la enfermedad del ego. Las enfermedades en boga son el resultado de esa falsa identificación con el lugar social: fobias, estrés, cardiopatías, enfermedades derivadas del agotamiento. Hay una tendencia en la actualidad en los grupos espirituales a responder cuando la gente recién se conoce, sin decir su profesión, porque eso encasilla a las personas y crea también falsos escalafones. La gente, al presentarse a otras personas,  responde diciendo su nombre y detalla apenas su proceso de autoconocimiento. Es una forma de relacionarse desde lo profundo y no desde lo aparente. Occidente le ha otorgado  gran valor al hacer, al accionar en el mundo, y eso es el resultado de la falta de afecto. Hay que hacer, mostrar, para sentirse  apreciado, porque las personas no son valoradas por el simple hecho de ser personas, tienen que ganarse su lugar incluso en el interior de las familias.  Las personas se levantan cada día y se dicen secretamente: Tengo que demostrar que valgo. Y se dejan llevar por la loca carrera de la acción. ¿Qué clase de valor es ese que me lleva a la muerte o al agotamiento? ¿Qué valor humano es el que hoy me otorga reconocimiento colectivo y mañana me tira a la basura?

Tercera Parte


He citado tres falsas identificaciones que son:
                     La identificación con el pasado
                     La identificación con el futuro
                     La identificación con el lugar social
Identificación es el apego de nuestra mente a una idea que el propio ego forjó de sí mismo y con la que construye un símbolo de lo que cree que es.  Y existe una última  identificación que tal vez sea la más encubierta y es la identificación con el lugar de los otros.
Esta identificación es peligrosa porque se confunde con solidaridad o buenas intenciones. Aunque también se sustenta en la tendencia humana a la proyección. Nos proyectamos en lo que nos rodea, sean personas, situaciones, impedimentos, circunstancias, etc. A veces el peso del obstáculo es tal que le damos una mayor envergadura y se convierte en el eje de nuestra vida. Puede ser un familiar enfermo, una madre indiferente o ausente, un empleo engorroso, aburrido o exigente, una dificultad monetaria perpetuada en el tiempo, cualquier elemento que obstaculiza nuestra vida presente, entonces lo primero que se nos cruza por la mente es afirmar:
      -Ah, si no estuviera esto en mi vida todo sería mejor.
     Así la mente comienza otra vez su operación clásica de separación. Rechazando lo que nos está ocurriendo, nos escindimos interiormente. La solución no es identificarnos tampoco con su opuesto completamentario, lo que equivale a una forma de negación,  ya que en realidad se nutren de una misma energía porque es la misma energía oscilando en sus dos polos, sino transitarlo, aceptarlo sin apegarnos a eso, sin hacer jugar nuestra identidad en eso. La trampa en el caso de esta falsa identificación reside en que tomamos esa prueba en nuestra existencia como un obstáculo que habría que extirpar y no como un desafío y una oportunidad.   Me atrevería a afirmar que todos, en mayor o menor medida, experimentamos un grado de esta falsa identificación. Nuestro nivel evolutivo no nos permite todavía comprender que todo lo que experimentamos, que todo lo que nos produce dosis de dolor es necesario para alguna clase de aprendizaje que necesitamos alcanzar, por ese motivo seguimos creyendo que si pudiésemos quitar alguna cosa, al menos una, nuestra vida despegaría. Y es un error. Ese obstáculo al enfrentarse con nuestra resistencia a aceptarlo, se fortalece, en realidad lo fortalecemos nosotros con nuestra manera de enfocarlo. Y lo convertimos así en un emblema de nuestra incapacidad. Pero eso que está allí afuera, ese lugar del otro, es el reflejo de algo que está dentro de mí y lo que puedo modificar es lo que está adentro, sólo así su resonancia, que se ubica afuera, experimentará cambios.
    La situación económica difícil suele funcionar como chivo expiatorio perfecto en esto del lugar de los otros. Nos olvidamos de que todo lo que nos rodea es el resultado de nuestro propio comportamiento y de nuestro modo de pensar. O en todo caso de algo anterior a este cuerpo. Este es el lugar de la victimización y el tema da para muchas páginas. Toda victimización resulta de una interpretación errónea de  la propia situación actual. Y la identificación con el lugar de los otros es proclive a la victimización.  Siempre hay algo que podamos hacer para modificar nuestra situación, pero en el caso extremo de no poder hacerlo, siempre está modificar nuestra mirada sobre esa situación y eso nos ubicará inmediatamente en otro lugar.     Cada una de estas cuatro falsas identificaciones pueden ser profundizadas pero todas se basan en una idea equivocada sobre nuestro concepto de persona. Es importante que reflexiones sobre ellas porque tarde o temprano nos daremos cuenta de que oscilamos entre una y otra a lo largo de nuestra vida, a veces en apenas un acercamiento. Al menos eso me pasa a mí. La identificación con el lugar de los otros merece especial atención. La mayoría de las personas siente que es injusto que haya vivido o viva determinado dolor o condicionamiento. Y ahí está la clave de su evolución. La aceptación de todo lo que soy, he vivido y me rodea es el gran primer y último paso en este camino de autoconocimiento.
     Hace unos cuantos años un amigo me hizo el siguiente comentario: "Fulano se la pasa criticando a su trabajo, no se da cuenta de que si no aprende a valorar su actual trabajo, nunca podrá tener otro". La mayoría de la gente cree que es al revés, que si cambia lo externo cambiará su estado de ánimo. Impone en el afuera, en ese otro una condición y así condiciona su propia vida. Es una modificación en su actitud hacia lo que tiene y lo rodea lo que producirá una acercamiento a lo anhelado. Y aquí la parábola de Cristo sobre las dos mejillas encuentra su ubicación. Poner la otra mejilla es aceptar la dualidad de lo que llega a mi vida y abrazarla enteramente. Ese es el camino crístico. La energía al no encontrar oposición en mi mente abre canales. El lugar del otro o si se prefiere, el lugar de lo otro, es una circunstancia que la vida pone delante de mí a manera de desafío y prueba. Personalmente esta es la falsa identificación en la que yo necesito trabajar más, indagar más.

             
          


                                Ilustración: Robert Crumb   

 

Cuarta parte: Efectos de las cuatro falsas identificaciones

 No somos meros condicionamientos del pasado, ni la  pura potencialidad  de lo que  se supone podemos llegar a alcanzar en un futuro, no somos nuestra profesión ni tampoco somos eso que las circunstancias familiares o sociales nos determinaron, el único lugar posible es el del presente. Y el presente es un lugar inestable, cambiante, fluctuante pero en el que todo es posible y en el que a la vez todo, como acabo de decir, no deja de transformarse. De modo que no hay posibilidad de aferrarse a nada de modo permanente. Cuando nos aferramos mediante una operación mental a alguna idea fija, ya sea esta de sobrevaloración o de limitación o impedimente, cuando nos aferramos a alguna persona o a alguna circunstancia, frenamos el fluir de ese presente. Y así detenemos nuestra evolución. La vivencia del presente nos ubica en lo que los budistas llaman la impermanencia. No, no es para nada fácil ocupar este lugar, sin embargo es el único lugar donde la vida fluye, cualquier identificación es un acto de freno y congelamiento,  pensemos que en los otros cuatro lugares la vida se estanca, la mente encuentra sus parámetros preferidos que son la solidificación de lo conocido.  O la ilusión hueca. Habitar el presente no es factible si la mente toma el comando, el presente sólo puede habitarse siguiendo el llamado del propio corazón. Las ideas prefijadas desfallecen frente al cambio constante. Las coordenadas están regidas por las funciones de oposición, separación y detenimiento. Pero la vida no funciona así, basta mirar alrededor, si no nos armonizamos con los movimientos de la vida, entramos en fricción con sus leyes y sufrimos. Eso es lo que ocurre. Ahora bien, para poder sostener este habitar en un presente cambiante debemos poseer algo que nos sostenga para no caer en el vacío.  Yo personalmente creo en la evolución y en la trascendencia del ser humano, lo que supone que la tierra es un planeta escuela, un paso más en un largo camino siempre ascendente para mi conciencia. Pero para quienes no creen en esto, la vida misma con sus leyes permanentes puede ser la sustentadora de este movimiento magistral e inevitable que significa transitar por ella: vivir. La vida es más sabia que los trucos de  nuestra  mente.   Es importante recordar en nuestra mente oscila y, cuando necesita encontrar una energía densa, elige alguna de estas cuatro falsas identificaciones y así se  desconecta del  verdadero ser que no está relacionado o no depende del lugar social, del espacio de los otros, ni del peso de lo ocurrido antes ni del anhelo de lo que vendrá.  Es preciso que estemos alerta y revisemos constantemente nuestro concepto de persona, porque una identificación falsa equivale a sufrir del mismo modo en que identificarnos con nuestro ser interno es fuente de dicha. Para nuestro ser interno no hay tiempo y los lugares no dependen del espacio tridimensional. Desde ya esto sólo es posible únicamente despertando ese otro órgano de conocimiento adormecido por la cultura: nuestro corazón. El amor que sentimos es lo único que puede definirmos más cabalmente.

     

             
  Ilustración: Banksy


                                               
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martes, 5 de septiembre de 2017

EGO Y LIDERAZGO

                                            

 A lo largo de tantos años con talleres de distinta índole enfocados al crecimiento personal, actividades diversas, maestras de yoga, constelaciones familiares y cosas por el estilo hago un recuento e inevitablemente, saltan a la luz los momentos de energía densa: es comprensible, el cerebro tiende a recordar lo que supone un peligro. Es triste observar en este recorrido que han sido muchos los liderazgos no convenientes. Probablemente mi energía concitó eso y es seguro que necesité de la experiencia vivida. Pero el sabor amargo de haber estado un tiempo trabajando con líderes narcisistas que hacían todo lo posible por ubicarse en un pedestal superior, con personas que proyectaban su sombra en aquellas otras personas que debían ayudar, con conductas reactivas y no proactivas y hasta las competencias casi infantiles con que buscaban medir su propia valía no pueden darme más que pena.  Suele decirse en el camino de la evolución de la conciencia o la llamada senda espiritual que los líderes son los que más necesitan aprender, que están allí justamente porque el lugar de liderazgo los expone frente a los otros y frente a sí mismos. Sin embargo ese pequeño lugar de poder ejerce a veces un influjo, las personas se identifican con el rol y terminan agrandando su ego. Yo también sin duda he cometido errores en este camino y fui docente unos cuantos años pero quizá porque provengo de una familia autoritaria tuve que hacer consciente el valor de las relaciones horizontales. Especialmente cuando coordiné un taller literario holístico lo pude poner en práctica. O al menos lo intenté. Recuerdo que a todos los talleristas los llamaba “talleristas escritores”. Ya eran escritores para mí, jamás alumnos, propicié la evaluación hacia mi desempeño como coordinadora, cedí el lugar en algunos ejercicios. Y recuerdo que algunas personas se resistían, una llegó a decirme que yo era la escritora y no ellos. Este no es un camino fácil, ya lo sabemos. Pero me siguen sorprendiendo ciertas conductas, el modo en que un coordinador desplaza sus conflictos no conscientes hacia los demás, la sombra como definía Jung a ese caudal de energía negada que pugna por manifestarse de un modo inevitable. A veces el ser psicóloga o maestra de yoga es un impedimento porque la identificación con el rol obtura la propia mirada. En dos oportunidades me pasó algo que ahora lo considero interesante, supongo que porque me ocurrió por segunda vez hace poco y esta segunda vez me hizo comprender el sentido. En el año 2007 llegué cuando se cerraba la inscripción a un taller sobre patrones familiares. Yo necesitaba ayuda porque cuidaba a mi abuela que tenía 99 años, una relación compleja para mí. En el taller me encuentro con un coordinador muy instruido, que había escrito libros, con mucha información que comienza a canalizar y noto que le devuelve a la gente lo que canaliza sin considerar al otro como semejante, decía cosas duras sin compasión. Estaba embriagado por su capacidad de canalización, se notaba que era algo nuevo para él. Yo venía haciendo Reiki desde hacía más de dos décadas y canalizar me resultaba muy familiar, además desde niña captaba información. Las personas aceptaban su dureza, se sometían, a mí me parecía terrible. Cuando me llegó el turno  este hombre no pudo canalizar nada para mí . Entonces de pronto yo vi todo de un modo horizontal y comprendí lo que tenía que comprender, fue un insight. Le dije que estaba bien, que ya había entendido.
   A partir de aquel taller tomé decisiones muy importantes ese día vinculadas a mi familia y terminé cuidando a mi abuela durante la noche tres dìas a la semana. No fue fácil. Mi abuela entonces partió de este mundo y yo me quedé bien porque había podido despedirme de ella. Transcurre un tiempo  hasta que revisando papeles encuentro los apuntes de este taller. Curiosa o significativamente mi abuela dejó este plano exactamente un año después de la fecha del taller, el mismo día. Un doce de diciembre. Ahí comprendí que estaba frente a una señal.

  Hace muy poco en una constelación me pasó algo parecido. La consteladora era decididamente agresiva, decía cosas descalificantes, me las dijo a mí especialemente aunque se notaba su hostilidad disimulada con gestos de afecto estudiado. Como tengo tanto trabajo hecho frente a la opresión, di un salto y me desligué de ella interiormente. Cuando me tocó constelar ella estaba trabada y yo volví a experimentar algo parecido a lo de aquel 12 de diciembre. Vi todo con una claridad impresionante que me dio mucha alegría. Me fui de ese lugar sabiendo que iba a superar lo que necesitaba superar  porque ya había “visto”. La energía escoge el canal más apto en una determinada situación. Fui protegida por esa energía para que en este caso esta persona no siguiera agrediéndome resguardada en el acto falso de decir una verdad.  Lo llamativo es que no consultaba a los representantes que no se sabía para qué habían estado allí y decía cosas vinculadas a su propia historia.  Tampoco hizo reparación final a través de la palabra.  Resulta imprescindible en estos tiempos de caída del patriarcado escoger a nuestros facilitadores, cualquiera se erige en líder, pero son pocos los verdaderamente aptos.  Muchos de estos facilitadores necesitan una terapia básica psicológica para encarar luego su camino hacia una mayor conciencia. Disminuir nuestro ego es una tarea que cada uno de nosotros debe llevar a cabo. Es la clave porque ego es una falsa identificación, es una necesidad de supremacía ante los demás en algún aspecto, es no conectarnos desde nuestro ser sino desde nuestra mente, un ego inflado se manifiesta de tantas maneras que enumerarlas sería una torpeza de mi parte. Ojalá yo pueda verme, ojalá yo y cada uno pueda conectarse con algo más grande que esta pequeña personalidad, algo que nos trascienda.

viernes, 17 de febrero de 2017

LAS ACTITUDES EGOCÉNTRICAS

       

    Es curioso, yo estaba hablando por teléfono con una persona que de pronto me comenta que se dice de alguien que es muy arrogante, pero que a ella eso no le importa. Me quedé pensando, ¿por qué el ego en una determinada persona es algo que me produce esa sensación tan desagradable? Me pregunté primero antes que nada si no era un rasgo mío que no toleraba verlo reflejado afuera. Y no, no era eso. La pregunta me siguió rondando. Cuando alguien centra todo en su persona se siente una energía de desplazamiento, algo poderoso entorpece lo que antes se respiraba con fluidez. A mí no me molesta personalmente sólo que comienzo a preguntarme dónde está el centro, qué está pasando con la energía. Cuando detecto un primer signo siento un movimiento veloz y violento. Obviamente me recuerda figuras familiares, eso de “¡Aquí estoy yo, aquí estoy yo!”. El yo, sin duda, ha sido sobrevalorado en nuestra época como una suerte de eje monumental alrededor del cual todo debía seguir girando. Basta con mirar las propagandas televisivas. Desde pequeña me costó mucho configurar mi propio lugar frente a personas que tenían esas actitudes ¿Pero ahora qué sucede? Quiero alejar este asunto de la esfera de mis propias emociones para profundizar, entender por qué  las actitudes egoicas interfieren tanto en la vida plena de todos los días.  Se me ocurrió reflexionar  que tal vez produzca tanto escozor para quienes intentamos alinearnos en el camino del ser es ver que una persona se identifica con aspectos pasajeros de su personalidad y que pretende erigirlos como superiores, ya sabemos que el ego escoge para alimentarse y afianza el abolengo, las destrezas sociales, el poder económico o intelectual, todos rasgos efímeros. Allí es cuando un sistema de valores que intenta autosustentarse flaquea: el mundo tiene su peso sobre nosotros y necesitamos reforzar la senda genuina a cada paso. Es tan penoso ver a alguien aferrado a lo que pronto se desintegra. Estar cerca de una persona excesivamente egocéntrica es como si nos tragara todo el espacio, todo el aire, ¿pero esto es algo que me ocurre solamente a mí? Y lo peor es que interfiere tanto energéticamente que pareciera que no se puede pensar con claridad.  Algo más sucede con mis pensamientos, se achatan, no encuentran dimensión para conectarse, comienza a producirse un aplanamiento tan grande y entonces me digo: es porque el eje de verticalidad de la persona que está a mi lado no permite una expansión horizontal. Es lo inmediato que se me ocurre siguiendo el concepto de patriarcado versus pensamiento expansivo. Sin embargo sospecho que hay algo más.  Experimenté la cercanía incluso en un espacio cerrado con un ser como Sai Baba, su campo mental inconmensurable abrió mi propio campo mental.  Es muy difícil transmitir esto si no ha sido vivenciado. Recordé las anécdotas sobre la vida de  Santa Teresa de Jesús que solía levitar y que por irradiación de su campo mental provocaba que las empleadas que limpiaran entraran en el mismo estado. Obvio que la cercanía con una persona totalmente enfocada en su propio ego estrecha mi propio campo. Sin ir al ejemplo extremo de la presencia de un Avatar como Sai Baba, basta mencionar mis experiencias de Reiki o Magnified Healing, la energía se expande, los egos quedan relegados y todo es un elevarse maravilloso. Esa persona que cae al suelo por efecto de la energía recibida en Magnified Healing sirve como metáfora de cómo el ego queda en un segundo plano, se pierde la verticalidad, se horizontaliza el cuerpo. Escribí alguna vez que un cuerpo acostado es un cuerpo fuera del mundo y sus intereses. Sin embargo esto no me basta, hay algo más en este modo de operar el ego centrado en la conciencia individual de un modo muy acentuado que nos afecta a todos y claro, el ego necesita del discurso como recurso de autoafirmación. Al aparecer la palabra todo se potencia. La manera en que nuestro ego habla, enfático y cortante, engolosinado con su propio concepto de persona endiosada, sapiente y sin vacilación, lastima. Pareciera estar diciendo que Dios no existe en cada vocal pronunciada. El desplazamiento del eje se ha realizado con tanta intensidad que  una fuerza  opera en nuestra conciencia. Porque además tenemos siglos detrás en los que fueron declaradas guerras y se realizaron atrocidades hacia los seres humanos apoyados en esta actitud, como no podía ser de otra manera. Si hay conocimiento, es decir si hay conciencia porque la conciencia se alimenta del saber sobre uno/a mismo/a y así se amplía, hay amor. El ego desmedido es un acto de violencia en tanto la violencia es quebrantar la ley del amor. Amor y conocimiento son sinónimos, sólo el conocimiento nos puede abrir las puertas del amor sincero y desinteresado, violencia e ignorancia se presuponen la una a la otra. En la actitud egoica hay ignorancia y hay violencia. Eso es lo que lo lastima, supongo. Quizá no me lastime tanto como cuando veo la imagen donde se mata o tortura a un animal, pero lastima. El mundo necesita menos dolor, más conocimiento, y con el conocimiento habrá más personas felices y menos depredación planetaria. Me pregunto hasta dónde necesitaremos desplazar el eje que ha sido colocado en nuestra propia persona para que nuestro ser luminoso pueda manifestarse.

   
   
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miércoles, 21 de septiembre de 2016

CAMPOS VIBRACIONALES

         




Es muy notable   percibir cuando estamos en compañía de una persona que está muy identificada con su ego el modo en que se estrecha el campo energético. Entonces no fluyen las ideas con nitidez, hay un choque producido por la necesidad que crea esa persona de ser considerada, valorada, elogiada, etc. Esa necesidad opera del mismo modo que lo hace el deseo: restringe el movimiento de la energía.  El ego obstruye nuestra capacidad de ver y así de alcanzar lo que realmente necesitamos. Al identificarnos con nuestro deseo estrechamos nuestra visión, si soltamos y entregamos el resultado de nuestras acciones lo que ocurre es en primera instancia una sensación de experimentar la libertad y las posibilidades amplias entran a actuar y nos dan sus señales.  Y, por el contrario, acercarnos a seres más elevados nos abre el panorama de una manera sorprendente. Construimos con nuestra mente campos mentales que interactúan con los campos de otros. La calidad de nuestros pensamientos-emociones forja estos campos. En el momento en que comenzamos a trascender nuestro pequeño personaje,  el campo se amplía y a medida que vamos integrando lo que somos con el cosmos la ampliación se va produciendo en forma de ondas de un modo ininterrumpido. Hemos experimentado algunas veces el contacto, la cercanía con personas más sabias, más abiertas, menos constreñidas a sus menudas necesidades y la percepción ha sido hermosa, no me cabe otra palabra. Por eso no cualquier persona podía acceder a la cercanía de Sai Baba, he visto en el ashram de Prashanti Nilayam cómo antes de una entrevista personal se producían hechos de dolor y trabajo interior que depuraban a las personas -como fue mi caso- para permitir posteriormente ese contacto. Las que no lograban despegarse de esas sombras, no llegaban a la entrevista, por el motivo que fuera. Como somos seres que vibramos en frecuencias de ondas sencillamente cuando una frecuencia se aleja mucho del estado alfa repele el contacto con quienes están vibrando en ese nivel. En tanto seres electromagnéticos creamos una fuerza de gravedad que nos acerca a aquello afín y nos distancia de lo que no lo es. Personalmente me ha costado aprender a sostener mi propio nivel vibratorio, soy sagitariana y abierta por naturaleza y además soy un poco esponja. A esto se le suman componentes de historia personal. Aprender a modificar el estado vibratorio no es tan difícil, lo difícil es darse cuenta de que existe esa posibilidad, de que existen prácticas que nos modifican el estado de la mente y por ende nuestra emocionalidad. A medida que aprendemos a intervenir en nuestras ondas vibracionales vamos siendo más dueños de nuestra evolución, dueños en cierta manera porque estamos sujetos a montones de fuerzas, las que actuaron en el pasado y que no son en realidad pasado, las del futuro que interactúan con el presente impulsando nuestra evolución, la de la propia naturaleza que traemos, las del mundo circundante. A ese conjunto de fuerzas  que están más allá de lo que somos, que nos trascienden,  solemos llamarlas  Dios.

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