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jueves, 15 de septiembre de 2011

CAMBIO DE PARADIGMA

Recuerdo una frase que escuché mucho en los años 70: “No hay que mezclar a la gente”. Se hacía una reunión con los parientes y otra con los amigos, una con los compañeros de trabajo o estudio y otra con los vecinos, porque los amigos eran más intelectuales, se psicoanalizaban y leían a Sastre. Al menos eso solía ocurrir en ciertos grupos de la ciudad de Buenos Aires. Las personas se definían ante todo por sus ideas y sus ideas políticas estaban a la vanguardia. Incluso entre los psicoanalizados y lectores de los mismos libros había que tener cuidado de invitar a los que eran demasiado opositores políticos. Las ideas que se tenían en forma personal sobre el mundo definían a las personas y las agrupaban en tribus que necesariamente se enfrentaban y polemizaban para ver quién se imponía con su criterio al criterio del otro. La discusión política o filosófica era una batalla en la que  una sola persona o un solo grupo resultaba vencedor y las armas eran las palabras, los argumentos, los razonamientos. Si, por ejemplo, había dos personas que acababan de vivir o estaban viviendo experiencias similares como la pérdida de un familiar, un anciano internado o cualquier otra situación difícil o feliz, compartirlas no resultaba posible porque las ideas previas funcionaban como murallas. El paradigma o, en otras palabras, el marco o sistema de creencias, se organizaba alrededor de un esquema de ideas y el modo de acceder a este paradigma era el razonamiento. Recuerdo que una vez fui a una reunión en la que se dijo previamente: "Está prohibido hablar de política"; y a otra en la que se  sugirió: "Es mejor no hablar de psicoanálisis". Me pregunto cómo se hace para descartar un tema, para evitarlo constantemente, la sola idea de negarlo hace que venga a la mente a cada instante. Es lo mismo que dice el escritor español Fernando Arrabal con su fino humor que los sacerdotes católicos de tanto pretender controlar la sexualidad  haciéndole mala propaganda, terminaban  provocando exactamente lo contrario,  los jóvenes  tenían una ardorosa curiosidad y se interesaran en ella. Si existía una afinidad natural con alguien pero si por ejemplo era peronista y la otra persona era radical, se la descartaba, había un mandato interno de rechazo y la relación se frustraba.     Esto por supuesto es un ejemplo extremo, pero aún  nuestra forma de relación está impregnada de un racionalismo que hincó sus dientes desde la ilustración.  Nuestra manera de pensar el mundo circundante opera desde la razón, no nos damos cuenta hasta dónde influye, debido a que aún no hemos decodificado nuestro modo de percepción. Creemos que  nuestro mecanismo de percepción del mundo es  el único posible y es en verdad uno de los tantos posibles, no es más que el resultado de una cultura de siglos. Hoy la humanidad de divide entre personas que intentan percibir desde la totalidad que son como seres vivos y otros que se recluyen en un único modo de percepción: el de la idea previa, cercana al prejuicio. El prejuicio puede ser la suposición de que el otro me va a jorobar porque está en disputa eterna conmigo tratando de sacarme ventaja, o la creencia de que yo soy más inteligente que el otro o que el otro es más inteligente que yo porque tiene un titulo universitario, por este motivo la gente se relaciona competitivamente y no solidariamente, así la relación humana está apresada por un marco limitado y excluyente. Las ideas previas que nos hacemos sobre las cosas nos impiden ver las cosas. La física cuántica nos habla de eso y de las otras dimensiones posibles a estos cuerpos nuestros atrapados en la estrecha tercera dimensión. ¿Hasta dónde soy libre al percibir a otra persona si no utilizo mi intuición o mis sentimientos? ¿Y hasta dónde mi intuición actúa para que conozca al otro sin los condicionamientos de mis ideas previas? Ninguno de nosotros, todavía, escapa a muchos condicionamientos y el mental es el primero de todos ellos. La palabra libertad, debería estar puesta  siempre entre comillas. En más de una ocasión me he equivocado al emitir un juicio sobre una persona, mi mente necesita encuadrar aquello que percibo como una forma de autodefensa para evitar cualquier ataque. Esa es una de las respuestas clásicas del cerebro primitivo, el primate giraba rápidamente y asestaba el golpe defensivo contra el animal feroz o el integrante de un clan que no era el suyo. En la era moderna nuestro golpe defensivo frente a lo que no conocemos o no podemos catalogar o catalogamos equivocadamente, es un discurso, que nace de un pensamiento preelaborado, un arma hecha con palabras que aleja al otro, lo desvaloriza, lo ridiculiza o lo hace callar. Seguimos siendo primates en algún sentido. El cambio de paradigma que intenta ir ganando terreno en este momento se ocupa de ese margen entre lo conocido y lo extraño, nos replantea nuestro modo de percibir el mundo y hace hincapié en un nuevo concepto de persona y de tiempo. En la medida en que anteponemos ideas preconcebidas no percibimos el mundo en el aquí y ahora sino  que nos ubicamos en el pasado en tanto y en cuanto mis ideas son esquemas forjados y rigidizados.  Percibimos el mundo desde el marco de nuestro paradigma y si lo modificamos cambiará la imagen percibida. Cuanto más estrecho sea nuestro marco, menos relaciones y movimientos captaremos de la totalidad. Sea cual sea mi filosofía o visión del mundo, sea cual sea mi orientación política, el otro es un semejante y en algún punto encontraré similitudes que me permitan acercarme, experiencias de vida, sentimientos, búsquedas, y luego de ese intercambio podré admitir que la persona tenga otra visión y otra idea de cómo organizar el mundo o, en otras palabras, una idea política distinta a la mía. El procedimiento que hemos utilizado hasta ahora ha sido el de reducir al máximo los contenidos para que entraran en el continente. El contienente es nuestra conciencia y el contenido es el caudal de información captada con diferentes herramientas. El desafío consiste en no achicar el continente para que los elementos tengan espacio y puedan relacionarse entre sí, de la asociación libre surge la inteligencia. El nuevo paradigma nos insta a conciliar las diferencias sin que eso implique abolirlas, porque del cotejar las diferencias crece lo nuevo, pero la guerra llevada a su dimensión cotidiana que nos hace entender al otro diferente como a un enemigo, es por cierto una antigüedad en los términos que implica un pensamiento para un planeta que se está debatiendo entre el hambre, la emergencia climática y la  desigualdad en la repartición de la riqueza en todas sus formas.
 ARTÍCULO PUBLICADO EN “CAMINANTEDELCIELO” 22-10-07

y posteriormente  en http://caminanteazul.blogspot.com/