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Buenos Aires, Argentina
Nací en 1953 en Buenos Aires. Publiqué una serie de libros: Hay una nena que gira, El puño del tiempo, La escalera en el patio gris, El camino de los viajeros, entre otros y también algunos volúmenes de literatura infantil y juvenil. Me gusta el misterio, de la vida es lo que más me gusta, de la literatura también. Escribir es un acto de indagación, la estética a desarrollar se me presenta como un desafío. Vivir, por supuesto, es casi lo mismo. Creo en la trascendencia, no sólo en la de la literatura, en la vital. Soy maestra de Reiki y de Magnified Healing, practico la sanación que es otro gran misterio, estudio canto védico, en idioma sánscrito, medito, la vida y la literatura no dejan de asombrarme.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL VALOR DE LA PALABRA

Isadora Duncan

        Recuerdo que en mi adolescencia  me impresionó muchísimo leer el libro autobiográfico de Isadora Duncan, la creadora de la danza moderna. Ella cuenta que había perdido sus dos hijos pequeños en un accidente y no tenía consuelo. Esto ocurrió a principios de la década del XX, entonces Isadora narra su experiencia con la famosa actriz Eleonora Duse.  Al parecer todos los allegados de Isadora le decían que olvidara, creyendo que así la ayudaban, pero ella estaba cada vez peor, no lograba superar un poco su dolor interno. Entonces la Duse le dijo que hablara, que hablara de sus hijos todo lo que quisiera. Y fue aliviador, el dolor comenzó a ceder. Claro, era plena época de los inicios del psicoanálisis. Hemos aprendido mucho desde entonces sobre nuestra psiquis y sobre los procesos de duelo. Sin embargo los tiempos han cambiado, la energía planetaria y nuestra evolución nos han llevado a un estadio diferente. Aún necesitamos elaborar el duelo, hablar, ir al psicoanalista muchas veces. Claro que esa es una etapa en el camino de autosuperación de conflictos, a veces necesaria, otras, imprescindible incluso para personas que se han iniciado en el autoconocimiento espiritual, suelen saltearse este tramo de conocimiento de sus emociones básicas y entonces creen que están preparados para dar un salto y no es así.
   Hablar es bueno pero hablar de qué, cómo, cuándo y sobre todo preguntarnos qué clase de energía estamos perpetuando. Saber escuchar no significa permitir que el otro se regodee en su propia energía densa contando una y otra vez anécdotas sobre sus infortunios. En ese caso nos convertimos en testigos de su hundimiento emocional. Eso no es bueno para que el habla ni para el que escucha. Ahora si en la narración de esos infortunios se desentraña algo, si es útil para comprender, entonces adelante con el relato. Por desgracia se suele confundir saber escuchar con permitir que el otro nos utilice como recipiente de su basura energética. Dejar que el otro cuente largamente su dolor es permitirle que se siga hundiendo y que crea que es una víctima del mundo. Una persona que se victima partiendo de la base que el mundo es malo, así cree fervientemente que es el mundo el que debe adecuarse a ella, en otras palabras que es el mundo el que debe cambiar y no ella. Y ese, ya lo sabemos, es un pedido excesivo. Quien critica continuamente desde su lugar de víctima se identifica con la oscuridad y de ese modo se instala en la dualidad porque su ser interno es luz. Cuando nos alejamos de nuestro ser interno ya no sabemos quiénes somos.
 A falta de la experiencia del amor las personas se cargan con la energía que tienen a mano, la del 
resentimiento expresada en la queja suele ser la que tienen más a mano. Sabemos que todo lo que nos pasa es una expresión del campo electromagnético que somos y que crea un campo mayor  alrededor de nosotros. Observar ese campo nos permite saber quiénes somos o qué estamos produciendo desde nuestro centro de gravedad. Así como la casa es la segunda piel, el mundo es el reflejo de nuestro ser.  El mundo en general es lo que es por la suma de nuestras conciencias individuales. Ahora, nuestro mundo cotidiano es forjado por nuestra propia conciencia. Cada uno de nosotros vive en el mundo en el que cree. Es nuestra creencia la que configura el escenario. Siguiendo una de las leyes del Kibaliom: Como es arriba es abajo, como es adentro es afuera. El afuera no es independiente de nosotros, nadie es víctima de nada, es hacedor y aquí se aplica mejor que nunca la ley de la física cuántica: El observador modifica lo observado.  Eso de lo que nos quejamos es en realidad el Maestro que viene a brindarnos la oportunidad de cambiar. Ese es el único Maestro que podemos recibir en el actual estado de conciencia en el que nos encontramos.
    De modo que es importante saber adónde nos llevan nuestras palabras, no siempre hablar construye un hecho comunicacional y yo diría que últimamente   en escasas ocaciones. Sospecho que los humanos en Occidente hemos  agotado en cierto sentido el uso de la palabra y abusamos de ella, la palabra,  que puede ser transformadora se convierte en  mero objeto del ego. Una vez más insisto en la importancia de la práctica  espiritual cotidiana como camino hacia el centro, ese centro nuestro, el Ser que realmente somos que  y opera como núcleo de gravedad y construye nuestro mundo. Meditar, cantar mantras, realizar hatha yoga, bhakti yoga, oración,  servicio desinteresado, Reiki y sí, nuestro querido Reiki, distorsionado por la publicidad de los medios, que es la técnica que en Occidente se ha abierto para que muchas personas se asomen a la experiencia de los otros planos y se den cuenta de que el físico es el resultado de los otros más sutiles y no a la inversa. Trabajar en nuestro ser no es leer libros, no es seguir transitando el camino de la palabra, así como hablar y hablar no supone acceso al autoconocimiento ni vía de comunicación genuina. Leer puede ser el camino pero depende cómo y movilizando determinadas energías. Sin humildad no hay evolución y sin humildad tampoco hay compasión. Y ha sido el dominio sobre la palabra lo que nos ha hecho creer que sabemos y que somos superiores. La palabra hablada merece más respeto, creo que deberíamos someterla a nuestra consideración una vez más, deberíamos devolverle su carácter sagrado como a todas las cosas que nos rodean. El aporte de Freud a la cultura ha sido inmenso, pero en su justa medida y con rigor, lo mismo que el aporte del Reiki el que lamentablemente no es conocido popularmente en su profundidad y eficacia espiritual. Entonces, hablamos de lo siempre, no trivializar, no dejarnos llevar por una cultura del consumo, de todo es lo mismo, de la acumulación reemplazando la excelencia. A la palabra tenemos que devolverle su lugar y no malgastarla, la palabra es energía y como tal puede canalizar lo sutil o lo denso. Elijamos elevarnos para colaborar en la elevación del mundo en su totalidad.
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