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lunes, 4 de febrero de 2013

LENNON Y YOKO EN UNA CAMA

                                                                                    
   Mirando un documental sobre la vida de John Lennon me sobresalto a cada rato. Y no es sólo porque me retrotrae al espíritu de mi juventud, al sentido revolucionario, transformador que ha regido mi manera de enfocar las cosas, es porque Lennon pone sobre el tapete el tema de la violencia. Entonces es como si me mostrara otro aspecto de este tema crucial que no termina de ser profundizado porque el sistema económico, político no lo tolera. Cuando el FBI está contra la presencia de Lennon en Estados Unidos algo resuena dentro de nosotros, por un lado a mí me hace sonreír pensando que a amigos míos en los sesenta se los llevaba presos porque tenían el pelo largo, nada más que por eso y que el castigo consistía en raparlos en la comisaría. No, no es inocente ni el acto de llevar el pelo largo ni la acción extremadamente violenta de cortarles el pelo. De inmediato se me cruza la imagen de Gandhi  hilando su propia tela como respuesta revulsiva al colonialismo inglés que desarrolló su industria en base al algodón y sometió a toda la India por razones económicas. A Gandhi haciendo ayuno, a Gandhi manifestándose en silencio frente a un conjunto de policías armados. Del mismo modo aparece John Lennon y Yoko Ono en una cama en Canadá declarando que ese es su modo de protestar contra la violencia del sistema político: quedarse en la cama, en ese sitio donde la gente nace y muere, donde se gestan los hijos, donde se hace el amor, donde nos replegamos de la lucha del mundo y soñamos. Hoy, a la luz de los más de cuarenta años transcurridos, esa pareja hablando de la paz y contra la guerra en una cama, me conmueve profundamente. Declararse contra la guerra no es una frase nada más, es ir contra la mayor industria del sistema capitalista que necesita de la guerra no sólo para vender armas o derrocar gobiernos contrarios o apoderarse de los bienes imprescindibles bajo el pretexto de liberar al oprimido o llevar la civilización al país que será atacado, la guerra para el capitalismo es lo que permite la permanencia del sistema en tanto y en cuanto el sistema necesita vender productos manufacturados que son cada vez más, la guerra destruye y luego permite empezar de nuevo para así  seguir vendiendo  y sosteniendo el lema de “tire y compre” siga funcionando en detrimento del equilibrio planetaria, por citar sólo un detrimento.
   Ahora bien, la paz evocada y convocada por Lennon era en principio política, pero hoy que la violencia es pan común y aparece naturalizada en nuestra vida cotidiana más que nunca necesitamos actos contundentes que convoquen  la paz. Ningún acto es inocente, nadie que se para frente al mundo y anuncia con un gesto un valor deja de marcar su huella. Lennon habla de Flower power y de inmediato nos viene la imagen de la muchacha que coloca el tallo de una flor en el agujero de un fusil de la policía. Si de verdad profundizáramos el concepto de que la violencia es la contratara del amor, no aceptaríamos con tanta facilidad que alguien maltrate a un chico en la calle, que alguien agreda verbalmente a otra persona, que una mirada desaprobatoria y cargada de desprecio inhabilite a un semejante. Violencia es mucho más que fuerza física, es el no reconocimiento de nuestro derecho a ser quienes somos, en nuestra diferencia y diversidad, sea esta la manifestación de algún  perfil cultural, de una elección sexual, de un rasgo de nuestro carácter, es hablar todo el tiempo de nuestras necesidades y no registrar a la otra persona. Nadie puede arrogarse el derecho de decirle al otro lo que tiene que hacer en su vida privada, ni cómo pensar, ni qué comer, ni a qué Dios adorar. El autoritarismo en sus muchos matices es una de las formas de violencia socialmente aceptada, un resabio del modelo patriarcal típico de la era pisciana que estamos dejando atrás. Violencia, como ya dije, es el quebrantamiento de la ley del amor, llamamos amor a un principio de energía, a una orientación o comportamiento de la energía porque no sabemos cómo llamarla, es una tendencia a la expansión muy poderosa, tan poderosa que cuando vamos en sentido contrario, se presenta la violencia, ya sea porque tenemos un pensamiento que va contra el modo en que cada una de nuestras células tiene programado o porque reaccionamos ante otra persona cuando la otra persona no nos ha atacado ni vulnerado.  Hoy, esa pareja vestida en pijama en un hotel de Canadá, Yoko y John, hace más de cuarenta años me recuerda a los mudras hindúes, esos gestos que hace el cuerpo para movilizar la energía. En la cultura hindú señalar con el dedo índice de una mano es algo inaceptable,  supone poner afuera algo que seguramente nos involucra, es señalar el error en dirección equivocada. “En un gesto cabe la historia”, dice Roland Barthes. Esa pareja en una cama al menos esta tarde tuvo para mí la fuerza de Gandhi tejiendo en su casa sentado en el suelo. La violencia en todas sus formas se ha colado en nuestra vida, tanto y tanto, que ya no la reconocemos como tal. Un acto decisivo puede ayudarnos a reflexionar para separar la paja del trigo, el amor que debe nutrir nuestra vida de lo que no lo es.
                                                                                           

                              

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